Lo cierto es que cuando éste libro se coló entre mis manos, lo tomé con cierta desconfianza, ostentaba buenas críticas y el autor (Markus Zusak) aunque desconocido, había sido galardonado en su su natal Australia. Se quedó en mi librero varios meses y me miraba de reojo, paciente; y en cuanto advirtió en mi ociosidad una ligera oportunidad, me abordó de frente y con seguridad de maniobra me envolvió con sus páginas.
Me recordó el poder de las palabras, esas que siempre caminan, que no conocen de clima u horario, que se cuelan en nuestro pecho y resbalan por la garganta. que se agolpan en nuestra lengua o anhelantes se trasladan a las puntas de nuestros dedos, esperando cobrar vida, que no son ni buenas ni malas, que como los sentimientos, son transparentes, que son artífice de ilusiones, consuelo de corazones olvidados o dagas incandescentes. Al final son vehículo y fin, motivo y sentido.
Vaya que si Liesel lo entendió. Me regaló un pasaje a mis recuerdos, conmino a mi espíritu sensible a despertar, al redescrubrimiento de su permanencia indeleble. Me permití conmoverme con sus personajes entrañables, mientras nublaban los ojos, cristalinas fugitivas que partían gustosas.
Al final recordé que aunque soy cinefilo, soy más amante de los libros, pues en la imaginación, las palabras crean escenarios que jamás podrán superarse.
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