miércoles, 14 de septiembre de 2011

La espera






La espera es gratuita, y a su lado sirven de comparsa, infinidad de adjetivos (e.g. espera angustiosa, espera monótona, espera perpetúa, espera nupcial y un largo etc.) es un aderezo para la inspiración fugitiva, para la agonía del paciente, para la vacuidad del enamorado.


Son segundos que se mofan de nosotros, que se perfilan eternos, a pesar de ser idénticos a los demás; son instantes que de a poco ganan terreno en el subconsciente y se manifiestan como un tic-tac, que incesante, hurta nuesta paciencia o nos apuntala como ejemplo de calma y estoicismo.


No todas las esperas, son malas, supongo que conviene encontrar algún pasatiempo para lidiar con ellas, yo por ejemplo; aprovecho estos momentos de particular viacrucis, para escribir unas líneas, a menudo leo, tomo una siesta o me distraigo en gestos más propios del protagonista de "Pi, el orden del caos", acumulando estadísticas que me distraigan del tedio.



A veces pienso, en la espera, no como una circunstancia, sino como un protagonista acechante que paciente nos aborda a diario, se confabula con nuestros jefes, familiares y amigos y nos regala un tiempo para compartir con ella. Quizá no hemos sabido leer sus intenciones, pero cierto estoy de que nunca nos abandonará.



Quizá la mejor forma de combatirla es abandonarnos a ella, arroparnos en sus brazos, mientras susurra al oído, "inútil será resistirte porque conozco tus miedos, anhelos y dudas, tus segundos me pertenecen en tanto sigas ausente".


Menuda compañera, la espera, habrá que ver que cartas juega, mientras de a poco nos roba suspiros con sabor a una vida.



Por lo pronto me libre de ti, mientras te premio con mi prosa.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

La ladrona de libros

Ayer escribí un somero agradecimiento en Facebook, por haberte encontrado en mi camino, y por alguna razón se perdió en el espacio, quizá no era el lugar adecuado.

Lo cierto es que cuando éste libro se coló entre mis manos, lo tomé con cierta desconfianza, ostentaba buenas críticas y el autor (Markus Zusak) aunque desconocido, había sido galardonado en su su natal Australia. Se quedó en mi librero varios meses y me miraba de reojo, paciente; y en cuanto advirtió en mi ociosidad una ligera oportunidad, me abordó de frente y con seguridad de maniobra me envolvió con sus páginas.

Me recordó el poder de las palabras, esas que siempre caminan, que no conocen de clima u horario, que se cuelan en nuestro pecho y resbalan por la garganta. que se agolpan en nuestra lengua o anhelantes se trasladan a las puntas de nuestros dedos, esperando cobrar vida, que no son ni buenas ni malas, que como los sentimientos, son transparentes, que son artífice de ilusiones, consuelo de corazones olvidados o dagas incandescentes. Al final son vehículo y fin, motivo y sentido.

Vaya que si Liesel lo entendió. Me regaló un pasaje a mis recuerdos, conmino a mi espíritu sensible a despertar, al redescrubrimiento de su permanencia indeleble. Me permití conmoverme con sus personajes entrañables, mientras nublaban los ojos, cristalinas fugitivas que partían gustosas.

Al final recordé que aunque soy cinefilo, soy más amante de los libros, pues en la imaginación, las palabras crean escenarios que jamás podrán superarse.

miércoles, 29 de junio de 2011




Hace poco, mientras veía Mi otro yo (The Beaver), me quede pensando en esa dualidad de personalidad que sin ser patológica todos tenemos, por supuesto habrá quien tenga más, pero en lo personal me quedo con dos.



Por un lado, aparece el tipo que escribe estas líneas, que últimamente se ha conformado con quejarse y se ha vuelto un tanto vegetativo, acrítico y para colmo apartidista, que va dejando la vida pasar, que disfruta de las cosas sencillas y que se permite seguir con fidelidad su agenda de vida, que ocasionalmente se plantea un reto mayor para convencerse de que le queda entusiasmo, en fin, aquel que va esperando a que se cumpla cada condición de la vida bajo los cánones regulares.



Al margen, esta mi otro yo, que anhela volar, que sueña con escribir un libro, con amar cada día más, con no conformarse, que se resigna a convertirse en eslabón sin sentido, que se rehúsa a dejar de creer que todo es posible, aquel que permanece cautivo y que en mis ratos inconscientes me dice: “se te acaba el tiempo”, y sin embargo, mi ente consciente, me dice… aún no luces tan viejo, y al mirarme al espejo juraría que me esconde los kilos de más, desaparece las arrugas e incluso las bolsas bajo los ojos.



En el fondo admito que me he dejado seducir por la comodidad, cobijado bajo el caparazón de la seguridad y al refugio de la nada, he perdido esa frescura aventurera, o al menos la he extraviado, escucho esa voz suplicante por despertar, pero ajusto el volumen de la canción monotonía y la vida se va de nada.



Hoy tengo ganas de correr y dejar atrás los miedos, quiero fundir las voces y componer la canción equilibrio, porque no me puedo morir sintiendo que me han faltado segundos.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Silencio...

Últimamente todo ha sido eso... aire que sopla sin producir siquiera murmullo, desazón generalizada, y aunque admito que todo pasa por lo anímico, a veces se quiebran los huesos mientras esperan por nada, un crujir apagado que se muere en las entrañas y que sin embargo, no acierta a morder el vacio para arrancarle un aliento. Así camina la vida, mientras me ufano en pensar que sigo avanzando. Al cabo de un rato, la dirección de mis pasos construyen un círculo, espiral interminable del perpetuo deambular sin sentido, ¿hasta cuándo continuaremos experimentando, ganando puntos de vida, y confluyendo en silencio?