
Respirando acelerado, ante la prisa de lo inevitable, en una mañana que se diluye relativamente más rápido... porque vamos arrastrando los pies, porque el esfuerzo no alcanza para levantarse temprano, porque sencillamente a veces se pierde la fe... mientras, con una calma desesperante, tratas de llegar a tiempo a la oficina; misión imposible, si arrastras con el letargo de las horas sin dormir, con el lastre del cansancio acumulado, la tensión por los problemas cotidianos y anestesiado por la dosis diaria de aburrimiento laboral. Cuando finalmente tomas el bus, dejas caer unas monedas en una mano desconocida, que tras el acolchado volante, podría confundirse fácilmente con la de un chofer de sicarios a juzgar por su modo de manejar. Apesadumbrado, avanzas hasta llegar al final del pasillo y tras el breve trajín, dejas caer el peso de la ausencia en el asiento, buscando compensar unos minutos de sueño y alejar la resaca. Aclaras los ojos por última vez, antes de cerrarlos de a poco, y de pronto el guiño de luz de unos ojitos negros, rebusca en tu pecho hasta arrancarte un suspiro de tranquilidad... ¡Buenos Días! De nuevo todo vale la pena.
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