lunes, 2 de junio de 2008

Lunes...


Existe la creencia de que la semana comienza en domingo, el día dedicado al Señor; sin embargo, llegada cierta edad, el lunes resulta ser el primer día por excelencia: el primer día de clases, el día ideal para empezar las dietas, los proyectos, retomar los buenos hábitos; el día para comenzar una nueva aventura laboral, o para los pesimistas, el día para empezar la rutina del tedio.


Cual fanático de Garfield, siento especial aberración por tan insignificante día, pues me resulta el día más lejano al fin de semana, a mi futbol, a mi cine, a mi baquetoneria, a mis cinco minutos de calma y sosiego, y hasta he llegado a pensar que sino existiese tal día, mi aberración se recorrería al martes, pero eso... aún está muy lejos de ocurrir.


A pesar de todo, y por absurdo que parezca, he llegado a desear que sea lunes. He rogado ansioso al domingo por que se diluya, porque llegada la noche se dilapiden las horas, para que al cerrar los ojos y al abrirlos de nuevo, sea la mañana de mi contradictorio día.
He pedido fervientemente que llegue el lunes cuando me siento ansioso por entrar a un nuevo trabajo, cuando he querido coincidir con alguien, cuando no soporto la idea de no ver sus ojos y escuchar su voz, o cuando el tedio del domingo me abrumo al extremo de preferir que sea lunes.


Sin embargo, hoy al despertar se me murió el deseo porque fuera lunes. Al despertar, gustoso hubiese aceptado el milagro de que fuera martes, de que esas 24 horas se hubieran muerto de olvido, de intrascendencia, de nada...
y a fin de cuentas recordé que también lo aborrezco por robarme la ilusión de lo que jamás será igual...

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