
Sin pretenderlo me encontraba una vez más bajo la lluvia, fue una oleada de convicción y algo de insensatez, de repente, en pleno miércoles justo después de las 6:30 se desmorono el cielo. Comenzó con el preludio de grandes gotas delineando mis pasos, y de pronto, las nubes reventaron, a poco la gente comenzó a guarecerse bajo toldos y techos, algunos abrieron sus paraguas y los más osados comenzaron a correr con la esperanza de que sus rápidas zancadas, los salvaran del chapuzón, quizá lo lograron por instantes, pero los charcos los hacían presa segura mientras levantaban el agua estrepitosamente.
Por mi parte, y tratándose naturalmente de un día de oficina, vestía un traje color gris que a poco se iba tornando negro por la humedad, como hombre poco previsor, no advertí la necesidad de cargar paraguas y sólo conservaba la esperanza de encontrar un recoveco para cubrirme, o bien, podría optar por regalarme una nota de tintorería y una probable influenza, pero lo cierto es que mientras la lluvia recorría mi rostro, a mi mente regresaron los recuerdos en los que corría bajo la lluvia de niño, en aquellos años, no era necesario tomar demasiados cuidados, simplemente se trataba de disfrutar del momento, al final la ropa se secaría y saldríamos a jugar al día siguiente, solo hacía falta llegar a casa para que mamá te procurara, y te preparase un baño caliente y un poco de sopa para evitar el resfrío. Infinidad de veces, llegue a casa empapado y todo por jugar un poco más y por compartir esos momentos con mis amigos y con mi hermano.
Al recordar, me di cuenta que el corazón de aquel niño comenzó a latir cada vez más fuerte, así que deje mi refugio y comencé a caminar bajo la lluvia, con paso sereno y ante la mirada atónita de la gente... disfrutando como quizá lo hice alguna vez de pequeño, sin evitar los charcos y saltando incluso en ellos, a fin de cuentas la lluvia no puede enfriar el cuerpo cuando el corazón late sin miedo y te embriaga el alma de felicidad...
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